lunes, 28 de mayo de 2012

¿Cuando una imagen realmente vale más que mil palabras?

Cuando una imagen vale más de mil palabras.
La publicidad, en su forma más sencilla y básica, está hecha para vender productos. A través de catálogos, brochures, volantes, desplegables, material POP, avisos de prensa, vallas exteriores y otros tipos de productos gráficos las empresas comunican a su público objetivo los productos que ofrecen, las características de cada uno de ellos y la oferta de precios, si fuera el caso.

Durante años he escuchado la frase “una imagen vale más que mil palabras” y siempre para mí ha tenido mucho sentido y la he tomado como una regla. En cualquier propuesta gráfica, la imagen o la composición de imágenes debe transmitir de manera clara y concreta el mensaje o, en todo caso, complementar adecuadamente el contenido del texto que acompaña a las imágenes.

Estos dos elementos, propuesta gráfica y textos, debían mantener siempre un equilibrio muy dinámico: Mucho de uno y poco del otro, y el mensaje podía irse directamente a la basura.

Siempre hemos contado con la participación del cliente.

En todo caso, siempre hemos contado con que el cliente puede entender el mensaje que queremos enviarle. Bien sea que la foto lo contiene todo, o que el propio texto le aclara al posible comprador cualquier duda que pueda tener, el cliente, la audiencia, siempre ha sido contado como participante activo en el mensaje, a plena capacidad.

Cuando he recibido catálogos por correo, o cuando he visto algún aviso de revista que me llame la atención, siempre he tenido la posibilidad de leer el contenido del texto para entender completamente la oferta propuesta por la empresa y tomar una decisión.

Por eso el tema de que “una imagen vale más que mil palabras” tenía para mí un sentido, si se quiere, blando. Muy cierto, pero blando.

¿Total? Siempre tenía el texto para que me auxiliara cuando la propuesta gráfica no fuese lo suficientemente clara, o no me transmitiera el mensaje completamente.

¿Y qué pasa cuando la barrera es el idioma propiamente dicho?

Este fin de semana estuve visitando a mi hermana en Hannover, Alemania. ¡Este fin de semana entendí, en mi corazón, porque “una imagen vale más que mil palabras”!

Siempre he estado en países en los cuales el idioma no ha sido una barrera. Inglés o español, me manejo bastante bien por lo que, salvo algunos muy contados casos de palabras inglesas muy rebuscadas o frases con un altísimo color local, no he tenido problema alguno para entender el contenido de cualquier material publicitario.

Sin embargo, no hablo, leo, o escribo alemán y, obviamente, no lo entiendo ni un pelín. Cuando llegué al aeropuerto de Bremen, comencé a sentir una angustia rara, porque pocas de las personas que allí estaban hablaban inglés fluído y mucho menos español, por lo que mis opciones se estaban reduciendo a una sola: alemán.

Y siendo que no lo hablo para nada, pues te puedes imaginar mi situación.

Comencé entonces a buscar imágenes.

Me encontré buscando desesperadamente imágenes. Propuestas gráficas. Palabras como Ausfahrt, Parkplatz o Lebensmittelgeschäft significaban absolutamente nada para mí. Pero sí los símbolos, como por ejemplo, el muñequito caminando hacia la puerta, que me indicaba una salida.

La prueba final la tuve en el pequeño supermercado de Hannover. Tuve que ir a hacer unas compras yo solo, porque mi hermana se había quedado en el coche con los niños. Cogí el catálogo de ofertas que regalaban en la entrada y, como pude, comencé a unir fotografías con sus precios correspondientes y fue así cómo pude hacer la compra y tener más o menos un estimado de cuanto dinero me iba a gastar.

De hecho, al llegar a la caja registradora, no entendí la cifra que el cajero me dió sino la cifra que estaba indicada en la pantalla digital de la caja. Nuevamente, dependí de un objeto gráfico para entender.

Por eso es que una imagen vale más que mil palabras.

Por eso es que una imagen vale más que mil palabras. Porque si la persona que está del otro lado no puede leer lo que escribes, que tu propuesta gráfica sea lo suficientemente clara como para hacerle llegar toda la información básica.


En mi caso, una propuesta gráfica clara y sencilla me ayudó a hacer mis compras sin problema. Y también ayudó a la empresa, la tienda NP Niedrig Preis, a servir a un cliente más y no dejar que su mensaje se perdiera en una propuesta gráfica extraordinariamente creativa pero que no transmitiera con claridad el mensaje de venta.

Y al final, el objetivo es vender, ¿o no?


Artículo relacionado; Correspondencia e influencia: ¿Por qué compartimos contenidos?

lunes, 21 de mayo de 2012

Correspondencia e influencia: ¿Por qué compartimos contenidos?

¿Por qué compartimos contenido?
En un artículo reciente, comentaba contigo el tema de la viralidad, reflexionando acerca del hecho de que la viralidad debe comenzar por un impacto emocional profundo, de esos que dejan huella y son recordados por un buen tiempo.

Preparando dicho artículo pensaba también acerca del qué nos hace compartir y relacionarnos cercanamente dentro de este entorno digital, e incluso fuera de él. ¿Cuáles son esas razones que nos empujan a hacer clic en un botón “compartir” o “reenviar” un contenido específico?

En mi opinión, y luego de fijarme muy de cerca en las razones que me mueven a mí a compartir y la forma en que comparten algunos de mis amigos en redes sociales, creo que existen dos elementos fundamentales: la correspondencia y la influencia.

Correspondencia: Una mano lava la otra y entre las dos lavan la cara.

Obviamente, la primera razón para compartir es la correspondencia. Tu y yo estamos conectados. Yo leo lo que tu escribes, tú lees lo que yo escribo. Tu me apoyas, yo te apoyo. Es una relación de mutuo compartir que, obviamente, va un poco más allá del simple hecho de reenviar o hacer clic en un botón.

Cuando hay correspondencia, tienes del otro lado una persona que es capaz de acercarse a tí para decirte que ese último artículo que publicaste no estuvo tan bueno, que tuviste un par de errores ortográficos (o más) o que simplemente lo que dices no tiene sentido.

De la misma manera, tú te sientes relacionado con esa persona de un forma tal que estás comprometido con su proyecto, con su crecimiento y desarrollo profesional, y quizás hasta personal.

Para mí, cuando hay correspondencia se desarrollan relaciones muy gratificantes y agradables, y que tienden a perdurar en el tiempo. Son dos personas que están interesadas de manera genuina en el otro.

Influencia y la aportación real de valor.

Del otro lado está la influencia. Existen bloggeros cuyos artículos comparto con regularidad, sencillamente porque siento que añaden una cantidad extraordinaria de valor a través del contenido que publican. Son algo así como “mis referentes” que, aún cuando no existe una relación de correspondencia - por ejemplo, que no comparten o re-envían lo que yo escribo - me siento profundamente identificado con sus ideas y opiniones, y siento que las mismas son lo suficientemente valiosas y relevantes como para compartirlas contigo y con las personas con las que estoy relacionado.

Cuando comparto porque el autor es una persona que influye positivamente en mí, lo estoy haciendo inicialmente por mi propio crecimiento y desarrollo personal y profesional. Leí el artículo en cuestión, siento que debería aplicarlo en mi vida, siento que me sirve para algo personal o profesionalmente, que aporta valor para mí. Y desde esa confianza, estoy seguro de que “si es nutritivo para mí, debe también serlo para tí”.

Es un tipo de relación en donde lo importante es el aprendizaje, el crecimiento y la aportación de valor real. Ya no solamente se trata de compartir porque me siento identificado y comprometido con el autor y su proyecto, sino porque lo que dicha persona escribe o publica, resuena profundamente dentro de mí.

En cualquiera de los dos casos, sea por correspondencia o por influencia, sigue siendo fundamental el aporte de valor, bien sea para la relación entre dos personas, como en el caso de la correspondencia, o para que un individuo cualquiera pueda beneficiarse de esta grandioso universo que llamamos “inteligencia colectiva” y con el cual colaboramos todos.

A tí, ¿qué otras razones se te ocurren que te inviten a compartir?

Artículo relacionado: La Viralidad comienza por un impacto emocional.


lunes, 7 de mayo de 2012

La Viralidad comienza con el Impacto Emocional.

La Viralidad comienza en el Impacto Emocional.
Regularmente aparecen en la web artículos que reclaman haber conseguido la fórmula mágica para lograr que el contenido que publicas se propague viralmente, alcanza millones de clics en segundos, se convierta en trending topic, y haga que la persona que lo publicó se convierta en millonaria de un dia para otro y sea una celebridad instantánea.

Algunos otros no claman haber conseguido dicha fórmula, pero si describen una serie de pasos que debes cumplir para que la viralidad se convierta en una realidad, casi en un fenómeno controlable.

Ojalá fuera así y dicha fórmula existiese. La vida y los negocios de muchas personas con extraordinarias intenciones e ideas definitivamente sería mejor.

La viralidad desde mi punto de vista personal.

Primero, debemos definir que se entiende por “viralidad”.

“Viralidad” se entiende como el proceso de autorreplicación o difusión de un contenido de manera análoga a la expansión de un virus informático, a través de medios que pueden ser electrónicos o no. La viralidad puede ser positiva o negativa.

Hablando en corto, para que un contenido sea viral, debe ser lo suficientemente relevante como para que sea compartido por muchas personas en poco tiempo. Fíjate que la definición del término no garantiza que la viralidad sea siempre positiva, al contrario, puede ser igualmente negativa.

Hace pocos días tuve la oportunidad de experimentar en mi mismo lo que se llama “viralidad”. Navegando por Internet, leyendo artículos de marketing y esas cosas, me tropecé con dos vídeos que me llegaron directamente al corazón.

Uno me impactó profundamente porque se trata del “Proyecto Perdonar” (Project Forgiveness) que se basa en la historia de un padre que tuvo la valentía y el coraje de perdonar públicamente al conductor ebrio responsable de la muerte de su esposa e hijos en un accidente de tránsito.

El otro es una campaña de publicidad titulada “Una dramática sorpresa en una plaza tranquila” (A Dramatic Surprise on a Quiet Square) y que es simplemente un spot publicitario, un vídeo promocional, de una cadena de televisión pero que es extraordinariamente bueno.

La viralidad comenzó por el impacto emocional.

En ambos casos, el denominador común fue la emoción. Ambos vídeos me tocaron profundamente. El primero me hizo llorar, el segundo me hizo reir hasta más no poder.

Tanto me impactaron que inmediatamente sentí la necesidad de compartirlos, porque me habían parecido tan, pero tan buenos que simplemente tenía que asegurarme que mis amigos, contactos, relacionados y familiares se enterarán de ello.

Fíjate que no estoy hablando en este punto de que sabía si el contenido era viral o no, ni si se había (o se iba) a convertir en un trending topic o no. A mí lo único que me importaba en ese momento era compartirlo, porque me parecía un contenido lo suficientemente bueno como para pasarlo a otras personas, y no solamente pasarlo, sino recomendarlo ampliamente.

Si no me hubiera sentido tan profundamente impactado emocionalmente, no habría tenido ese deseo de compartir que me inundó y me sobrepasó.

La viralidad no es controlable ni se puede garantizar que va a ser positiva.

Nadie pudo haber controlado de manera alguna las emociones que yo sentí, porque fueron mías. Y dichas emociones fueron originadas por la calidad del contenido nada más, y no por otra cosa.

Por eso, cuando hablan de formas, estrategias y consejos para garantizar la creación de campañas virales, lo único que puedo decirte o recomendarte es que todo debe comenzar por un impacto emocional profundo, genuino, de verdad.

Si intentas fingirlo, seguramente no lo lograrás, pero si lo haces realmente de corazón, con sensibilidad, apelando a las emociones y no a la razón, cosas bien interesantes pueden ocurrir.

Artículo relacionado: Por algo lo llaman Social Media.