lunes, 5 de marzo de 2012

¿Quieres un producto exitoso? Conviértete en tu cliente más exigente.


Se tu cliente más exigente.
Hace poco tiempo, en una entrega de este blog, compartía contigo respecto a  la importancia de definir con claridad dónde queda el principio, refiriéndome con ello al punto desde donde debes comenzar para los efectos de planificación y puesta en marcha de cualquier tipo de estrategia de marketing.

Creo incluso que es importante conocer ese punto para cualquier acción que nos propongamos llevar a cabo en la vida misma, pero ese sería tema para otro día.

En todo caso, coincidió que luego, leyendo un artículo en el blog de emprendedores, hacían referencia a que muchos emprendedores desarrollaban su propuesta de negocio tomando en consideración muchas valoraciones subjetivas de producto, es decir, dejándose llevar, en muchos casos, por el profundo convencimiento de que su idea era genial, que tenía un mercado excelente, que era una oportunidad del otro mundo y poco más.

Es difícil evaluar objetivamente tu propio producto.

¿Tienes hijos? ¿Tienes una relación sentimental en la que estés profundamente conectado? Pues si es así, entenderás a la perfección a qué me refiero. De la misma manera que a una esposa se le hace difícil reconocer que su pareja sufre de alcoholismo o que está siendo víctima de violencia de género, de esa manera es difícil para el creador del producto hacerse a un lado y evaluar las distintas situaciones por las que el producto pasará, de manera objetiva.

El vínculo sentimental que te une a tu producto es natural, normal, y ocurre desde el mismo momento en que tu producto estaba en proceso de desarrollo, tal como la madre se conecta con el hijo que se va formando en su vientre, o la esposa se conecta con su pareja cuando deciden unir sus vidas.

De nuevo, es un vínculo normal y natural. Sin embargo, tal como a la madre se le hace difícil reconocer las debilidades o malos hábitos de un hijo, para ti, creador de tu producto, es igual. Ese vínculo emocional que te unió al producto desde el principio, evita en muchas oportunidades, o por lo menos hace más difícil, el que puedas evaluarlo objetivamente.

Hay una solución: Mira tu producto a través de los ojos de tu cliente.

Es una respuesta sencilla y poderosa. Házte a un lado y trata de pensar y actuar como lo haría tu cliente potencial. Házte a ti mismo las mismas preguntas que tu cliente se haría, pregúntate sinceramente si tu producto realmente hace lo que hace, y llévalo un poco más allá: utiliza tu producto tal como lo haría un comprador normal.

Como en la industria del automóvil, “llévate tu coche y ponlo a prueba”. Sé tu el piloto de prueba de tu producto, aquel que le exige el mejor rendimiento, aquél que tiene las expectativas más altas, aquél que se detiene en cada detalle.

Solamente entonces podrás tener respuestas verdaderas, conocimiento valioso, porque estarás tomando con respecto a tu producto un punto de vista objetivo, real, analítico. Y por ende, serás capaz de enderezar cualquier cosa que no esté funcionando bien, o agregar aquella característica que te diste cuenta estaba faltando.

Te preguntarás: ¿Hace falta ser tan exigente?

La respuesta depende de la experiencia que tu quieras desarrollar para tus clientes. Si quieres que sean estos los que realmente se enamoren de tu producto, entonces vale la pena ser exigente hasta el cansancio. Si te da igual, pues puedes hacerlo por la mitad.

  • Es sencillamente una elección que va de tu mano y de lo mucho que quieras sacar tu negocio adelante. Hay una cosa que si va a ser segura: Si te exiges al máximo pasarán dos cosas:
  • Tendrás una confianza de hierro: porque sabrás realmente que tu producto hace lo que tú dices que hace, y más. No solo porque tú lo crees, sino porque lo has comprobado en la práctica.
  • Tus clientes se enamorarán de tu producto: porque sentirán la misma confianza que tu, y vivirán la experiencia que tú viviste, porque te anticipaste a sus necesidades. 

Y tu sabrás que su experiencia con tu producto va a ser formidable o, por lo menos, difícil de olvidar.

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